Trancapecho Una Tradición Cochabambina


El trancapecho es el hijo pobre del silpancho, que ya era pobre. Como su padre, el trancapecho es cochabambino de cepa, y para mayor precisión, del bravo barrio de Caracota, donde dio su primer vagido al llegar a esta vida llena de preocupaciones y de mujeres bonitas pero ajenas. (Es sabido: si son bonitas, o son ajenas o no existen).

Sólo a nuestras bravas cochabambinas se les podía haber ocurrido globalizar el silpancho convirtiéndolo en un avatar de ese invento de Lord Montague: el sándwich. Abrieron entonces el vientre de un buen pan de toco y lo rellenaron con esa milanesa venida a menos que es la delgadísima carne apanada y frita del silpancho; le agregaron el consabido huevo estrellado y la salsa de tomate, cebolla y locoto picados en cubitos milimétricos. Hasta ahí no habían innovado prácticamente nada, pero entonces se manifestó el espíritu faústico de la región y le agregó el toque inconcebible y final: el arroz y la papa cocida y frita.

Listo: nació una nueva criatura alimenticia que, como todo recién nacido, no tenía nombre; y entonces el pueblo aquilató su consistencia de hormigón armado y lo bautizó con el pagano nombre de Trancapecho. ¡Es que te tranca de la boca al orto, y peor que el antojito mexicano que comentamos!

Así el silpancho, que ya era barato, se abarató aun más en su nueva condición de trancapecho; o si se quiere, subió de estatus, porque ahora el dilema entre silpancho y trancapecho marca la diferencia. El morenazo baja de su Mitsubishi y la casera pregunta: ¿Silpancho o trancapecho? El tío la mira furioso y le dice: ¿Cómo? ¿Sabes con quién estás hablando? Ahhh. ¿O tengo cara de trancapecho?

Recuerdo que el año 91 me traje una pareja de fotógrafos mexicanos y recorrimos juntos buena parte del territorio. Mientras ellos cumplían su trabajo, yo me ocupaba de detectar dónde servían los mejores platillos de la cocina regional. Comieron de todo: jakonta, t’impu, picante surtido, rostro asado, colita de cordero, chhanqa de conejo, p’ampaku, salteñas, kalapurka, jak’alawa, chicharrón, silica, mondongo, qoqo, majadito, phatasqa y… silpancho. Un año después los encontré y sólo guardaban memoria del silpancho. Me gustaría que conocieran y apadrinaran al nuevo retoño, el trancapecho. Total, ellos vienen también de una cultura de la pobreza y sabrán apreciar el ingenio popular ahora globalizado en un sánguchis, sí, pero ninguna méndiga hamburguesa ni otra pinche fast food que se le parezca.

Mi hijo Ariel descubrió, mientras estudiaba en México, la utilidad de desayunar un tamal introducido en un bolillo y acompañado con atole. Esa combinación de huminta, marraqueta y api, en nuestra nomenclatura, hace escapar al hambre durante toda la jornada. Me lo contó y confieso que me estremecí como si me hubieran vaciado hormigón armado de la boca al orto, siguiendo naturalmente los meandros del intestino.

Algo parecido sucede con ese invento de nuestra cultura de la pobreza: el trancapecho, alimento grueso y basto para peones y albañiles, pero al mismo tiempo antojito de jóvenes y señoritas de todas las clases sociales.

 

Fuente: Los Tiempos
http://goo.gl/xMviy

 
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AJI DE PAPALISA

HISTORIA DEL PLATO

 La Sajta de papalisa, como casi todas nuestras recetas, tiene una historia en cada mesa boliviana, pertenece al valle y altiplano con pequeñas variaciones de acuerdo al suelo donde se la realiza.

 El delicioso platillo utiliza una de las tantas variedades de papa que se produce en el país y la carne seca, que es fácilmente guardada por mucho tiempo.

 Era consumida desde antes de la colonia. La Sajta de lisa, como se le nombra en la llajta, es uno de los platillos más antiguos y consumidos por los cochabambinos.

 

INGREDIENTES  (6 porciones)

 • 1 kilo de papalisa

 • 3 cebollas

 • 6 papas imilla

 • 4 cucharas de aceite

 • 1 litro de caldo base de res y cola

 • 1 taza de arvejas

 • ¼ kilo de carne de res

 • ¼ kilo de charque de res

 • 5 vainas de ají amarillo molido

 • 1 cuchara entre comino y pimienta

 • 2 dientes de ajo molido

 • 2 cucharas de manteca

 • Ramitas de perejil, cilandro o hierbabuena

 • 1 cucharilla de orégano

 • Sal a gusto

 

PREPARACIÓN

 1. Lavar las papalisas y cocerlas con cáscara, una vez cocidas volverlas a lavar para pelar y machucar en el batán, no demasiado.

 2. En otra olla, preparar el ahogado con la cebolla, ajo, ají y condimentos, agregar la carne picada en cubos y sellados. Agregar el caldo base y rectificar la sazón, añadir las arvejas, dejar cocer y reducir los sabores. Casi al final, colocar el charque cocido, deshilachado y sofrito en un poco de manteca para darle más sabor al ahogado.

 3. Integrar todos los ingredientes para que los sabores se combinen, la preparación no debe quedar muy seca.

 4. Al servir decorar con bastante perejil y cilandro, y si le gusta darle un toque más rico, agregue aceite de ulupica y unas gotitas de vinagre a cada plato.

 

Fuente:  Los Tiempos / Cocina
https://goo.gl/Go8J9U

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Publicación: 08/05/2019 a las 09:02 horas
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